Recién llegadito de Dublín …


Ya he vuelto, y no sólo de Oporto, sino que también me he dado una vueltecita por Londres, Cambridge y Dublín. Empezó planificándose como una escapada de fin de semana a Oporto (con esto de los vuelos baratos con Ryanair), y así, mi novia bajaría desde Portugal; pero cuando ya estaba todo reservado, surgió una megaoferta de Ryanair de Oporto a Londres Stansted, y claro, no dudamos en reservarla cuanto antes. Ya en Londres, mi novia tendría que volver desde allí por motivos de trabajo, pero a nosotros nos salía un poco caro, y decidimos volver desde Dublín. Oporto, lo recorrimos de punta a punta, durante todo el día, hasta que por la noche llegara mi novia. Además, ahora, está muy bien, ya que llega el metro al propio aeropuerto, y es bastante barato en relación con otros países; nosotros compramos un billete de 24 horas, que aún resulta mucho más barato, ya que también lo puedes usar en los distintos tranvías y funiculares; si váis varios, ni se os ocurra darle a “dos billetes” en las máquinas expendedoras de billetes de 24 horas, ya que lo único que conseguiréis, es comprar un billete de 48 horas; compradlos de uno en uno. Empezamos en las afueras, viendo el Estádio do Dragão.

Estádio do Dragão

Luego nos fuimos hasta la Estação de São Bento, donde no debéis perderos la decoración interior a base de mosaicos de azulejos tradicionales; desde ahí, visitamos la Avenida de los Aliados junto con la Plaza de la Libertad, desde donde además de una multitud de iglesias y edificios simbólicos, se obtienen unas preciosas vistas de la Catedral (Sé). Nosotros aprovechamos para dejar las cosas en el hotel (los hay desde 20 €), que teníamos cerquita de la Iglesia de San Idelfonso (quizás el cruce de calles más transitadas por los peatones).

Estação de São Bento

Panorámica desde la Catedral

Luego fuimos otra vez hacia Santa Clara (muralla), para bajar al puerto por las escaleras y callejuelas apretadas contra la rampa dos Guindáis (dónde luego tomaríamos el funicular para volver a subir). Las vistas son verdaderamente espectaculares, con el Puente de Dom Luís siempre de fondo, sobre el Duero; pronto le váis a sacar parecidos con la Torre Eiffel, y que no os parezca una tontería, ya que el ingeniero belga que lo diseñó, era discípulo del mismísimo Gustave Eiffel. Cruzamos el puente varias veces por la zona baja, en la que cruzan los coches.

Ponte de Dom Luís

Volvimos a la Ribeira, que sin duda, junto con el puente, es lo más característico y bonito de Oporto: cientos de casas apiñadas en la ladera del valle del Duero, creando una estampa multicolor que merecidamente se ha ganado el nombramiento de Patrimonio de la Humanidad. A lo largo de la Ribera, podemos encontrar fieles reconstrucciones de los barcos que transportaban las uvas (vino Oporto) o rabelos. Nosotros cogimos uno un poco más moderno (aunque no tanto!!!), para hacer un mini crucero por el Duero; aunque un poquillo caro, comparado con el Sena, el Támesis o el Tíber, merece la pena.

Crucero por el Duero

A la vuelta, nos pasamos al otro lado del río, lo que se conoce como Vilanova de Gaia; es aquí, dónde se encuentran todas las bodegas de Oporto. Por supuesto, visitamos una, con degustación incluida: por dos euros, tienes la visita y varios vasitos de distintas variedades del conocido vino.

Panorámica desde Vilanova de Gaia

Después, subimos a la parte más alta de Vilanova, en la Avenida de la República, para contemplar la Ribeira, que no dejaba de sorprendernos e incitarnos a hacer más y más fotos. Cruzamos nuevamente el puente de Dom Luís por la pasarela elevada, tanto en Metro como andando, para acabar tomando algo (probar la francesinha) en la Ribeira.

A Ribeira (desde Vilanova de Gaia)

Finalmente, regresamos al hotel, y nos duchamos; estaba a punto de llegar mi novia, con la que iríamos hasta Braga, para subir al Bon Jesús; nos volvió a impresionar tanto como cuando lo habíamos visto por el día, sólo que esta vez, se sumaban al espectáculo fotográfico, las múltiples luces que iluminaban Braga. El Bon Jesús, situado en el monte homónimo, es uno de los monasterios portugueses más conocidos; pertenece al estilo barroco, lo cual se manifiesta muy bien en sus adornadas escaleras; quizás, la estampa más característica, sean estas escaleras, donde los peregrinos van encontrándose escenas de la Pasión de Cristo, culminando su esfuerzo en el Templo de Dios resguardado en la iglesia que se encuentra en la cima de la colina.

Bon Jesús (Braga)

Regresamos a Oporto, y tras unos paseos por las orillas del Duero, y algunas fotos del Puente de Dom Luís iluminado, volvimos al hotel, a cenar y tomarnos la botellita de Oporto que habíamos comprado por la tarde.

Panorámica nocturna desde Vilanova de Gaia

Al día siguiente tocaba madrugar, para tomar un vuelo en oferta con Ryanair a Londres Stansted, y de ahí el Stansted Express (comprarlo por la web de Ryanair, ya que sale mucho más barato) al centro de Londres (Liverpool Street). Algunas fotos, adquisición de billetes válidos 48 horas, y desplazamiento hasta la Estación de Kings Cross, para ver los famosos andenes que salen en Harry Potter, y de paso, la iglesia de St. Pancras. De ahí, fuimos a dejar las cosas en el hotel (barato, en la zona de Earl’s Court), y aprovechamos para comprar la cena en los múltiples supermercados que había en la zona. Cogimos ropa de abrigo, chubasquero, y nos fuimos a la zona del Monumento (el más alto del mundo; en conmemoración del gran incendio de Londres); de ahí a Trinity Square, para ver el reloj de sol, y apreciar las panorámicas que se tienen de la Torre de Londres, residencia real oficial, a la que nos dirigimos a continuación; luego, cruzamos las famosas Bridge Towers, y nos dirigimos, por la otra orilla del Támesis al museo flotante en que se ha convertido el HMS Belfast; descubrir todas sus entrañas, os llevará más de 2 horas.

HMS Belfast

Seguimos avanzando por la otra orilla, y tras pasar el moderno Puente de Londres, llegamos a la Southwark Cathedral; si seguimos avanzando, tenemos la sensación de sumergirnos en una antigua película de intriga, con pasadizos estrechos, canales misteriosos que albergan barcos históricos atrapados en su memoria, galerías subterráneas, … y todo ello amenizado con una gran variedad de bares, restaurantes, pubs y bodegas, dónde detenerse a reponer fuerzas con la incomparable estampa de las Bridge Towers de fondo.

Bridge Towers

Cogimos el metro, y nos fuimos a la zona del Big Ben, del cual tomamos múltiples fotos desde todos los ángulos, aprovechando para divisar la totalidad el complejo que constituyen las Casas del Parlamento. Aprovechamos los restaurantes que hay detrás de la Gran Noria para probar los famosos “fish & chips”. Entramos al centro de videojuegos de Namco, y luego volvimos a cruzar el Puente de Westminster, para bajar toda Victoria Street, deteniéndonos en la Abadía de Westminster (famosa por las bodas reales y las tumbas de célebres personalidades), el Westminster Central Hall, varios teatros y edificios modernos, para al final, llegar a la Catedral de Westminster, de estilo bizantino; aquí, aprovechamos para probar algunas variedades de sushi en un restaurante japonés.

Big Ben

Como teníamos todos los transportes incluidos, nos montamos en un típico bus de dos pisos hacia la zona de Westminster, para ver el Big Ben iluminado, y de ahí, empezamos a andar hasta la Catedral de St. Paul (inconfundible; enorme cúpula casi tan grande como la del Vaticano). Bajamos por Peter’s Hill hasta el puente peatonal del Milenio, desde dónde se obtienen buenas panorámicas de los edificios londinenses modernos, de las Bridge Tower, de la Catedral de St. Paul’s, y de la reconstrucción del Teatro de Shakespeare. La idea, era tomar algo en la zona cercana al río de la que os he hablando algunos párrafos atrás, pero el cansancio y dolor de pies de alguno/a, hicieron que recortáramos el itinerario, y nos fuéramos directamente a Picadilly Circus; tras ver las enormes pantallas publicitarias, Trocadero, y la fuente de los caballos, subimos a China Town; recorrimos sus singulares calles llenas de restaurantes típicos, y bajamos a Trafalgar Square, considerada la Milla 0 para los británicos. Finalmente, bajamos toda Whitehall hasta la zona de Westminster, para tomar algunas bellas panorámicas nocturnas del Big Ben, Casas del Parlamento y Gran Noria. Y ya nos fuimos al hotel, dónde preparamos la cena que habíamos comprado en el microondas, y nos fuimos a dormir prontito.

Puente del Milenio (Catedral de St. Paul's, al fondo)

Al día siguiente, algo menos cansados, empezamos con un buen desayuno inglés en el hotel, y bajamos al Estadio del Chelsea; luego, seguimos haciendo uso de nuestro billete para todos los transportes públicos, y nos fuimos en bus al Bristish Museum, visita rápida, y nos dirigimos al Parque de St Jame’s; eran las 11:30, y la gran multitud de turistas ya nos adelantaba que algo iba a suceder en los alrededores: efectivamente, iba a tener lugar el famoso cambio de guardia.

Tras ver el cambio de guardia, unas cuantas fotos con los soldaditos, mientras se despejaba aquello de gente, y nos fuimos al embarcadero, para tomar un barco hasta Greenwich (unas 7 libras por persona, el más barato), en cual, degustaríamos unas cervecitas durante el trayecto.

Crucero por el Támesis

Al llegar, nos dimos una vuelta por el pequeño pueblo antiguo, dónde aún se respiran aires de navegante, vimos el Cutty Sark, la tienda más antigua del mundo, la Queen’s House, y empezamos a subir por el Parque de Greenwich hasta el Observatorio Real, y de ahí al punto exacto por el que actualmente, se cree que pasa el Meridiano 0, desde dónde se miden todas las longitudes; tantas veces leyendo y oyendo hablar de él, y parecía mentira que estuviéramos allí, en la longitud 00º00’00’’.

Meridiano de Greenwich

La vuelta fue algo complicada, ya que habían cancelado los trenes al centro, así que tuvimos que hacer unos cuantos trasbordos, pero conseguimos llegar a tiempo a Liverpool Street, para coger nuevamente el Stansted Express y dejar a mi novia en el avión que la devolvería a Oporto (de ahí, conduciría hasta su casa). Nosotros nos quedamos un rato más en el aeropuerto, y de ahí, cogimos un bus hasta Cambridge; una ciudad preciosa llena de universidades, o más bien una universidad tan grande como una ciudad; allí todo es bonito, su pequeño río, todas las aulas, bibliotecas (muy importante la Biblioteca Principal de Cambridge), sus callejuelas, sus jardines, … todo. Eso sí, todo es muy tranquilo y dedicado al estudio; sólo hay bares y algo de movimiento en un trozo de calle frecuentada por españoles; todo el mundo va en bici, y en el cesto de la bici, todo el mundo lleva libros; si miras por las ventanas, sólo ves gente estudiando; en los bares, hay gente con portátiles estudiando; la iluminación es tenue para no molestar a los estudiantes, y por la noche apagan los grandes focos … vamos, otro mundo, aunque eso sí, todo muy bonito, sobre todo el King’s College.

Cambridge

Existe un bar español (hay dos argentinos que te entienden perfectamente), pero toda nuestra comida la venden como exquisiteces para el paladar, así que imaginaros los precios. Nos tomamos unas cervezas (Estrella Galicia), unas alitas de pollo, calamares y unos quesos, y nos fuimos a la parada de bus, donde tomaríamos otro bus al aeropuerto de Stansted; aprovechamos para dormir unas horas bajo los mostradores de EasyJet, y sobre las 6 de la mañana cogimos otro avión a Dublín, no sin antes desayunar al más puro estilo inglés.

Desayuno inglés

En Dublín, cogimos un bus barato al centro (16a, creo recordar), y bajamos la famosa O’Connell Street hasta el Trinity College; luego subimos por Grafton Street tras ver la conocida estatua de Molly Malone, llegando hasta le Parque de St. Stephen’s. De ahí, fuimos hasta el Castillo de Dublín y la zona del Temple Bar (tomaros una pinta de Guinness con ostras). Recorrimos todas las bonitas y concurridas calles del centro hasta llegar a la Catedral de St. Patrick’s; subimos toda la avenida en dirección al río Liffey, para ver el complejo de Christ Church Cathedral, y otras pequeñas capillas, que nos íbamos encontrando en el camino hacia la Fábrica de Guinness; recorrimos todas sus plantas, enterándonos de la fabricación de este manjar, y acabamos la visita tomándonos otra Guinness en el bar mirador de la última planta.

Grafton Street

Deshicimos el camino andado por la otra orilla del río, hasta que llegamos a la Vieja Destilería de Jameson; muy interesante, aunque demasiado enfocada a los turistas; vimos la vieja chimenea de Smithfield Plaza, y tomamos un tranvía hasta O’Connell Street, de dónde volveríamos a tomar otro bus al aeropuerto; como llegamos con tiempo, sacamos las tarjetas de embarque y nos fuimos a comer un poco de carne (que ya la echábamos de menos), a un restaurante buffet.

Vieja Destilería de Jameson

Tras un completo recorrido por todas las tiendas de recuerdos, pecando en algunas compras, saboreamos una última Guinness y nos montamos en el avión que nos devolvería a Barajas. Con nostalgia irlandesa, pusimos fin a nuestra pequeña pero gran escapada, y yo pongo fin al presente relato; pero tranquilos, que hay muchas más cosas que contar, ya que, ya estamos preparando la segunda parte de Il Giro por Italia, para este verano …

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