Recién llegado del Algarve


Acabo de llegar del Algarve, y he de decir que es una zona muy bonita, pero -para mi gusto- bastante abrumada por el, cada vez más masivo, turismo. Se trata de antiguos pueblecitos de pescadores, con casitas blancas apiñadas en la costa, formando un núcleo urbano alrededor del cual han proliferado grandes hoteles e innumerables restaurantes y otros locales de ocio pensados exclusivamente para sacarle los cuartos a los turistas. Aunque existen pequeñas calas, por lo general, las playas son grandes, planas y limpias, aunque hay bastante pendiente entre los pueblos y la línea de costa; en las playas, se pueden ver preciosas estructuras de arenisca y caliza creadas a antojo de la erosión; se observan así, curiosos montículos en medio de la playa, cuya belleza contrasta con la dudosa seguridad con respecto a los que toman el sol bajo su sombra.

Praia da Rocha (Portimão)

Aunque el Algarve (del árabe: zona por dónde se pone el Sol), es bastante extenso, nosotros nos limitamos a la línea costera que une Lagos y Albufeira. Íbamos en coche, y nada más pasar Lisboa, el paisaje ya empieza a cambiar, contrastando el verde de sus tierras con el insoportable calor, propio del Sur. A excepción de la capital, Faro, que es mucho más moderna, el resto son todo pueblos de mayor o menor dimensión, adaptados y transformados para el turista. Así, Albufeira y Portimão, ofrecen una desorganizada visión de miles de personas organizadas en rutas del restaurante a la playa, de la playa al hotel, del hotel al restaurante, del restaurante a las tiendas de souvenirs, …

Albufeira

Portimão

Un poco más allá de esta curiosa forma de turismo, existen varios museos, restos arqueológicos, reservas naturales, restos de murallas, … Y si buscáis un poco de relax, dentro de este caos, lo mejor es alojarse en pequeños municipios que a veces ni siquiera salen en los mapas: las playas están más vacías, se come mejor, conservan ese toque autóctono, los hoteles son más baratos, … Nosotros, por la calidad del hotel que habíamos seleccionado, escogimos el pueblo de Armação de Pêra, en el que quitando los restos de la fortaleza y unas cuantas capillas, no hay nada más que ver; el resto es todo playa, sol y buena comida.

Armaçao de Pêra (nuestro hotel)

Tras un suculento desayuno en el restaurante del hotel, con vistas a la playa y a la piscina, emprendimos nuestro viaje de regreso, y dado que nos sobraba algo de tiempo antes de que saliera mi avión de vuelta a Madrid, paramos a hacer algunas fotos en el Monasterio de Batalha (construido hace más de 600 años, como agradecimiento a la virgen, por la derrota de las tropas portuguesas sobre Castilla), y en el Castillo de Leiría.

Monasterio de Batalha

Castillo de Leiría

Mi vuelo a Madrid, simultáneo con el regreso en coche de mi novia a Galicia, marcaba el final de esta pequeña, pero como siempre, intensa escapada de fin de semana. No sólo hay que tener en cuenta la belleza o el relax que nos proporcionaría dicha escapada, sino también algunos factores, planes y reflexiones, que conllevarían muchos cambios en futuros viajes.

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